Inundósele el alma de pena al considerar que carecía de fondos
para hacer frente á situación tan apurada. Con el abandono de su
comercio se le habían vaciado los bolsillos, y una mujer amada,
mayormente si no está bien de salud, es fuente inagotable de gastos.
Migajas se tentó aquella parte de su andrajosa ropa donde solía tener
la calderilla, y no halló ni tampoco un triste ochavo.
--Ahora--pensó--ahora necesitaré casa, cama, la mar de médicos y
cirujanos, modista, mucha comida, un buen fuego... y nada tengo.
Pero como estaba tan fatigado, recostó la cabeza sobre el cuerpo de su
ídolo, y se durmió como un ángel.
Entonces, ¡oh prodigio! la señora se fué reanimando, y levantándose al
fin, mostró á Pacorrito su risueño semblante, su noble frente sin
ninguna herida, su cuerpo esbelto sin la más leve rotura, su vestido
completo y limpio, su cabellera rizosa y perfumada, su sombrero
coquetón, que adornaban diminutas flores; en suma, se mostró perfecta y
acabadamente hermosa, tal como la conoció el muchacho en la vitrina.
¡Ay! Migajas se quedó deslumhrado, atónito, suspenso, sin habla. Púsose
de rodillas y adoró á la señora como á una divinidad. Entonces ella tomó
la mano al granuja, y con voz entera, más dulce que el canto de los
ruiseñores, le dijo:
--Pacorrito, sígueme, ven conmigo. Quiero demostrarte mi agradecimiento
y el sublime amor que has sabido inspirarme. Has sido constante, leal,
generoso y heróico, porque me has salvado del poder de aquellos vándalos
que me martirizaban. Mereces mi corazón y mi mano. Ven, sígueme y no
seas bobo, ni te creas inferior á mí porque estás vestido de pingos.
Observó Migajas la deslumbradora apostura de la dama, el lujo con que
vestía, y lleno de pena exclamó:
--Señora, ¿á dónde he de ir yo con esta facha?
La hermosa dama no contestó, y tirando de la mano á Pacorrito, le llevó
por misteriosa región de sombras.
VIII
El granuja vió al cabo una gran sala iluminada y llena de preciosidades,
cuya forma no pudo precisar bien en el primer momento. Al poco rato,
comenzó á percibir con claridad mil figurillas diversas, como las que
poblaban la tienda donde había conocido á su adorada. Lo que más llamó
su atención fué ver que salieron á recibirles, luciendo sus flamantes
vestidos, todas las damas que acompañaban en el escaparate á la gran
señora.
La cual contestó con una grave y ceremoniosa cortesía á los saludos de
todas ellas. Parecía ser de superior condición, algo como princesa,
reina ó emperatriz. Su gesto soberano y su gallardo continente, sin
altanería, revelaban dominio sobre las demás. Al instante presentó á
Pacorrito. Este se quedó todo turbado y más rojo que una amapola cuando
la Princesa, tomándole de la mano, dijo:
--Presento á ustedes al Sr. D. Pacorro de las Migajas, que viene á
honrarnos esta noche.
Al pobre chico se le cayeron las alas del corazón cuando observó el
desmedido lujo que allí reinaba, comparándolo con su pobreza, sus pies
desnudos, sus calzones sujetos con un tirante y su chaqueta cortada por
los codos.
«Ya adivino lo que piensas--manifestó la Princesa con disimulo.--Tu
traje no es el más conveniente para una fiesta como la de esta noche. En
rigor, de verdad, no estás presentable.
--Señora, mi pícaro sastre--murmuró Pacorrito, creyendo que una
mentirilla pondría á salvo su decoro,--no me ha acabado la condenada
ropa.
--Aquí te vestiremos--indicó la noble dama.
Los lacayos de aquella extraña mansión eran monos pequeños y
graciosísimos. De pajes hacían unos loros diminutos, de esos que llaman
_Pericos_, y varias pajaritas de papel. Estas no se apartaban un momento
de la señora.
La servidumbre se ocupó al punto de arreglar un poco la desgraciada
figura del buen Migajas. Con unas fosforeras doradas y muy monas en
forma de zapatos, le calzaron al momento. Por gorguera le pusieron
medio farolillo de papel encarnado, y de una jardinera de mimbres
hiciéronle una especie de sombrerete pastoril, con graciosas flores
adornado. Al cuello le colgaron, á modo de condecoraciones, la chapa de
un kepis elegantísimo, una fosforera redonda que parecía reloj y el
tapón de cristal de un frasquito de esencias. Las pajaritas tuvieron la
buena ocurrencia de ponerle en la cintura, á guisa de espada ó daga, una
lujosa plegadera de marfil. Con éstas y otras invenciones para ocultar
sus haraposos vestidos, el vendedor de periódicos quedó tan guapo que no
parecía el mismo. Mucho se vanaglorió de su persona cuando le pusieron
ante el espejo de un estuche de costura para que se mirase. Estaba el
chico deslumbrador.
IX
En seguida principió el baile. Varios canarios cantaban en sus jaulas
walses y habaneras, y las cajas de música tocaban solas, así como los
clarinetes y cornetines, que se movían á sí mismos sus llaves con gran
destreza. Los violines también se las componían de un modo extraño para
pulsarse á sí propios sus cuerdas, y las trompetas se soplaban unas á
otras. La música era un poco discordante; pero Migajas, en la exaltación
de su espíritu, la hallaba encantadora.
No es necesario decir que la Princesa bailó con nuestro héroe. Las otras
damas tenían por pareja á militares de alta graduación, ó á soberanos
que habían dejado sus caballos á la puerta. Entre aquellas figuras
interesantísimas se veía á Bismarck, al Emperador do Alemania, á
Napoleón y á otros grandes hombres. Migajas no cabía en su pellejo de
puro orgulloso.
Pintar las emociones de su alma cuando se lanzaba á las vertiginosas
curvas del wals con su amada en brazos, fuera imposible. La dulce
respiración de la Princesa y sus cabellos de oro acariciaban blandamente
la cara de Pacorrito, haciéndole cosquillas y causándole cierta
embriaguez. La mirada amorosa de la gentil dama ó un suave quejido de
cansancio acababan de enloquecerle.
En lo mejor del baile, los monos anunciaron que la cena estaba servida,
y al punto se desconcertó el cotarro. Ya nadie pensó más que en comer, y
al bueno de Migajas se le alegraron los espíritus, porque, sin perjuicio
de la espiritualidad de su amor, tenía un hambre de mil demonios.
X
El comedor era precioso, y la mesa magnífica; las vajillas y toda la
loza de lo mejor que se ha fabricado para muñecas, y multitud de
ramilletes esparcían su fragancia y mostraban sus colores en pequeños
búcaros, en hueveras, y algunos en dedales.
Pacorrito ocupó el asiento á la derecha de la Princesa. Empezaron á
comer. Servían los pericos y las pajaritas tan bien y con tanta
precisión como los soldados que maniobran en una parada á la orden de su
General. Los platos eran exquisitos, y todos crudos ó fiambres. Si la
comida no disgustó á Migajas al comenzar, pronto empezó á producirle
cierto empacho, aun antes de haber tragado como un buitre. Componían el
festín pedacitos de mazapán, pavos más chicos que pájaros y que se
engullían de un solo bocado, filetes y besugos como almendras, un rico
principio de cañamones y un pastel de alpiste _á la canaria_, albóndigas
de miga de pan á la _perdigona_, fricasé de ojos de faisán en salsa de
moras silvestres, ensalada de musgo, dulces riquísimos y frutas de todas
clases, que los pericos habían cosechado en un tapiz donde estaban
bordadas, siendo los melones como uvas y las uvas como lentejas.
Durante la comida, todos charlaban por los codos, excepto Pacorrito, que
por ser muy corto de genio no desplegaba sus labios. La presencia de
aquellos personajes de uniforme y entorchados le tenían perplejo, y se
asombraba mucho de ver tan charlatanes y retozones á los que en el
escaparate estaban tiesos y mudos cual si fuesen de barro.
Principalmente el llamado Bismarck no paraba. Decía mil chirigotas, daba
manotadas sobre la mesa, y arrojaba á la Princesa bolitas de pan. Movía
sus brazos como atolondrado, cual si los goznes de éstos tuviesen un
hilo, y oculta mano tirase de él por debajo de la mesa.
«¡Cómo me estoy divirtiendo!--decía el Canciller.--Querida Princesa,
cuando uno se pasa la vida adornando una chimenea, entre un reloj, una
figura de bronce y un tiesto de begonia, estas fiestas le rejuvenecen y
le dan alegría para todo el año.
--¡Ay! dichosos mil veces--dijo la señora con melancólico acento--los
que no tienen otro oficio que adornar chimeneas y entredoses. Esos se
aburren, pero no padecen como nosotras, que vivimos en continuo
martirio, destinadas á servir de juguete á los hombres chicos. No podré
pintar á usted, señor de Bismarck, lo que se sufre cuando uno nos tira
del brazo derecho, otro del izquierdo; cuando éste nos rompe la cabeza y
aquél nos descuartiza, ó nos pone de remojo, ó nos abre en canal para
ver lo que tenemos dentro del cuerpo.
--Ya lo supongo--contestó el Canciller abriendo los brazos; cerrándolos
repetidas veces.
--¡Oh, desgraciados, desgraciados!--exclamaron en coro los Emperadores,
Espartero y demás personajes.
--Y menos desgraciada yo--añadió la dama,--que encontré un protector y
amigo en el valeroso y constante Migajas, que supo librarme del bárbaro
suplicio.»
Pacorro se puso colorado hasta la raíz del pelo.
«Valeroso y constante--repitieron á una las muñecas todas, en tono de
admiración.
--Por eso--continuó la Princesa--esta noche, en que nuestro Genio
Creador nos permite reunimos para celebrar el primer día del año, he
querido obsequiarle, trayéndole conmigo, y dándole mi mano de esposa, en
señal de alianza y reconciliación entre el linaje muñequil y los niños
juiciosos y compasivos.
XI
Cuando esto decía, el señor de Bismarck miraba á Pacorrito con expresión
de burla tan picante y maligna, que nuestro insigne héroe se llenó de
coraje. En el mismo instante, el tuno del Canciller disparó una bolita
de pan con tanta puntería, que por poco deja ciego á Migajas. Pero éste,
como era tan prudente y el prototipo de la circunspección, calló y
disimuló.
La Princesa le dirigía miradas de amor y gratitud.
«¡Cómo me estoy divirtiendo!--repitió Bismarck dando palmadas con sus
manos de madera.--Mientras llega la hora de volver junto al reloj y de
oir su incesante tic-tac, divirtámonos, embriaguémonos, seamos felices.
Si el caballero Pacorrito quisiera pregonar _La Correspondencia_, nos
reiríamos un rato.
--El señor de Migajas--dijo la Princesa mirándole con benevolencia--no
ha venido aquí á divertirnos. Eso no quita que le oigamos con gusto
pregonar _La Correspondencia_ y los fósforos si quiere hacerlo.»
Hallaba el granuja esta proposición tan contraria á su dignidad y
decoro, que se llenó de aflicción y no supo qué contestar á su adorada.
«¡Qué baile!--gritó el Canciller con desparpajo,--que baile encima de la
mesa. Y si no lo quiere hacer, pido que se le quiten los adornos que se
le han puesto, dejándole cubierto de andrajos y descalzo, como cuando
entró aquí.»
Migajas sintió que afluía toda su sangre al corazón. Su cólera impetuosa
no le permitió pronunciar una sola sílaba.
«No seáis cruel, mi querido Príncipe--dijo la señora sonriendo.--Por lo
demás, yo espero quitarle al buen Migajas esos humos que está echando.»
Una carcajada general acogió estas palabras, y allí era de ver todas las
muñecas, y los más celebres generales y emperadores del mundo, dándose
simultáneamente cachiporrazos en la cabeza como las figuras de Guignol.
«¡Qué baile! ¡Que pregone _La Correspondencia_»--clamaron todos.
Migajas se sintió desfallecer. Era en él tan poderoso el sentimiento de
la dignidad, que antes muriera que pasar por la degradación que se le
proponía. Iba á contestar, cuando el maligno Canciller tomó una paja
larga y fina, sacada al parecer de una costilla de labores, y mojando la
punta en saliva se la metió por una oreja á Pacorrito con tanta
presteza, que éste no se enteró de la grosera familiaridad hasta que
hubo experimentado la sacudida nerviosa que tales chanzas ocasionan.
Ciego de furor, echó mano al cinto y blandió la plegadera. Las damas
prorrumpieron en gritos, y la Princesa se desmayó. Pero no aplacado con
esto el fiero Migajas, sino, por el contrario más rabioso, arremetió
contra los insolentes, y, empezó á repartir estacazos á diestra y
siniestra, rompiendo cabezas que era un primor. Oíanse alaridos, ternos,
amenazas. Hasta los pericos graznaban, y las pajaritas movían sus colas
de papel en señal de pánico.
Un momento después, nadie se burlaba del bravo Migajas. El Canciller
andaba recogiendo del suelo sus dos brazos y sus dos piernas (caso raro
que no puede explicarse), y todos los emperadores se habían quedado sin
nariz. Poco á poco, con saliva y cierta destreza ingénita, se iban
curando todos los desperfectos; que esta ventaja tiene la cirugía
muñequil. La Princesa, repuesta de su desmayo con las esencias que en un
casco de avellana le trajeron sus pajes, llamó aparte al granuja, y
llevándole á su camarín reservado, le habló á solas de esta manera:
XII
«Inclito Migajas, lo que acabas de hacer, lejos le amenguar el amor que
puse en tí, lo aumenta, porque me has probado tu valor indómito,
triunfando con facilidad de toda esa caterva de muñecos bufones, la peor
casta de seres que conozco. Movida por los dulces afectos que me
impulsan hacia tí, te propongo ahora solemnemente que seas mi esposo,
sin pérdida de tiempo.»
Pacorrito cayó de rodillas.
«Cuando nos casemos--continuó la señora--no habrá uno solo de esos
emperadorcillos y cancilleretes que no te acate y reverencie como á mí
misma, porque has de saber que yo soy la Reina de todos los que en
aquesta parte del mundo existen, y mis títulos no son usurpados, sino
transmitidos por la divina Ley muñequil que estableciera el Supremo
Genio que nos creó y nos gobierna.
--Señora, señora mía--dijo, ó quiso decir Migajas--mi dicha es tanta que
no puedo expresarla.
--Pues bien--manifestó la señora con majestad--puesto que quieres ser mi
esposo, y por consiguiente, Príncipe y señor de estos monigotiles
reinos, debo advertirte que para ello es necesario que renuncies á tu
personalidad humana.
--No comprendo lo que quiere decir Vuestra Alteza.
--Tú perteneces al linaje humano, yo no. Siendo distintas nuestras
naturalezas, no podemos unirnos. Es preciso que tú cambies la tuya por
la mía, lo cual puedes hacer fácilmente con sólo quererlo. Respóndeme,
pues. Pacorrito Migajas, hijo del hombre, ¿quieres ser muñeco?
La singularidad de esta pregunta tuvo en suspenso al granuja durante
breve rato.
«¿Y qué es eso de ser muñeco?--preguntó al fin.
--Ser como yo. La naturaleza nuestra es quizás más perfecta que la
humana. Nosotros carecemos de vida, aparentemente; pero la tenemos
grande en nosotros mismos. Para los imperfectos sentidos de los hombres,
carecemos de movimiento, de afectos y de palabra; pero no es así. Ya ves
cómo nos movemos, cómo sentimos y cómo hablamos. Nuestro destino no es,
en verdad, muy lisonjero por ahora, porque servimos para entretener á
los niños de tu linaje, y aun á los hombres del mismo; pero, en cambio
de esta desventaja, somos eternos.
--¡Eternos!
--Sí, nosotros vivimos eternamente. Si nos rompen esos crueles
chiquillos, renacemos de nuestra destrucción y tornamos á vivir,
describiendo sin cesar un tenebroso círculo desde la tienda á las manos
de los niños, y de las manos de los niños á la fábrica tirolesa, y de la
fábrica á la tienda, por los siglos de los siglos.
--¡Por los siglos de los siglos!--repitió Migajas absorto.
--Pasamos malísimos ratos, eso sí--añadió la señora;--pero en cambio no
conocemos el morir, y nuestro Genio Creador nos permite reunirnos en
ciertas festividades para celebrar las glorias de la estirpe, tal como
lo hacemos esta noche. No podemos evadir ninguna de las leyes de nuestra
naturaleza; no nos es dado pasar al reino humano, á pesar de que á los
hombres se les permite venir al nuestro, convirtiéndose en monigotes
netos.
--¡Cosa más particular!--exclamó Migajas lleno de asombro.
--Ya sabes todo lo necesario para la iniciación muñequillesca. Nuestros
dogmas son muy sencillos. Ahora medítalo y responde á mi pregunta:
¿quieres ser muñeco?
La Princesa tenía unos desplantes de sacerdotisa antigua, que cautivaron
más á Pacorrito.
«Quiero ser muñeco,» afirmó el granuja con aplomo.
Y al punto la Princesa trazó unos endiablados signos en el espacio,
pronunciando palabrotas que Pacorro no sabia si eran latín, chino ó
caldeo, pero que de seguro serían tirolés. Después la dama dio un
estrecho abrazo al bravo Migajas, y le dijo:
«Ahora ya eres mi esposo. Yo tengo poder para casar, así como lo tengo
para recibir neófitos en nuestra gran Ley. Amado Principillo mío,
bendito seas por los siglos de los siglos.»
Toda la corte de figurillas entró de repente, cantando con música de
canarios y ruiseñores: «Por los siglos de los siglos.»
XIII
Discurrieron por los salones en parejas. Migajas daba el brazo á su
consorte.
«¡Es lástima--dijo ésta--que nuestras horas de placer sean tan breves!
Pronto tendremos que volver á nuestros puestos.»
El Serenísimo Migajas experimentaba, desde el instante de su
transformación, sensaciones peregrinas. La más extraña era haber perdido
por completo el sentido del paladar y la noción del alimento. Todo lo
que había comido era para él como si su estómago fuese una cesta ó una
caja, y hubiera encerrado en ella mil manjares de cartón que ni se
digerían, ni alimentaban, ni tenían peso, substancia ni gusto.
Además, no se sentía dueño de sus movimientos, y tenía que andar con
cierto compás difícil. Notaba en su cuerpo una gran dureza, como si todo
él fuese hueso, madera ó barro. Al tentarse, su persona sonaba á
porcelana. Hasta la ropa era dura, y nada diferente del cuerpo.
Cuando, solo ya con su mujercita, la estrechó entre sus brazos, no
experimentó sensación alguna de placer divino ni humano, sino el choque
áspero de dos cuerpos duros y fríos. Besóla en las mejillas, y las
encontró heladas. En vano su espíritu, sediento de goces, llamaba con
furor á la naturaleza. La naturaleza en él era cosa de cacharrería.
Sintió palpitar su corazón como una máquina de reloj Sus pensamientos
subsistían, pero todo lo restante era insensible materia.
La Princesa se mostraba muy complacida.
«¿Qué tienes, amor mío?--preguntó á Pacorrito viendo su expresión de
desconsuelo.
--Me aburro soberanamente, chica--dijo el galán, adquiriendo confianza.
--Ya te irás acostumbrando. ¡Oh deliciosos instantes! Si durárais mucho,
no podríamos vivir.
--¡A esto llama delicioso tu Alteza!--exclamó Migajas.--¡Dios mío, qué
frialdad, qué dureza, qué vacío, qué rigidez!
--Tienes aún los resabios humanos, y el vicio de los estragados
sentidos del hombre. Pacorrito, modera tus arrebatos ó trastornarás con
tu mal ejemplo á todo el muñequismo viviente.
--¡Vida, vida, sangre, calor, pellejo!--gritó Migajas con desesperación,
agitándose como un insensato.--¿Qué es esto que pasa en mí?»
La Princesa le estrechó en sus brazos, y besándole con sus rojos labios
de cera, exclamó:
«Eres mío, mío por los siglos de los siglos.»
En aquel instante oyóse gran bulla y muchas voces que decían: «¡La hora,
la hora!»
Doce campanadas saludaron la entrada del Año Nuevo. Todo desapareció de
súbito á los ojos de Pacorrito: Princesa, palacio, muñecos, emperadores,
y se quedó solo.
XIV
Se quedó solo y en obscuridad profunda.
Quiso gritar y no tenía voz. Quiso moverse y carecía de movimiento. Era
piedra.
Lleno de congoja esperó. Vino por fin el día, y entonces Pacorrito se
vió en su antigua forma; pero todo de un color, y al parecer de una
misma materia: cara, brazos, ropa, cabello y hasta los periódicos que
en la mano tenía.
»Ya no me queda duda--exclamó llorando por dentro.--Soy mismamente como
un ladrillo.
Vió que frente á él había un gran cristal con algunas letras del revés.
A un lado multitud de figurillas y objetos de capricho le acompañaban.
«¡Estoy en el escaparate!... ¡Horror!»
Un mozo le tomó cuidadosamente en la mano, y después de limpiarle el
polvo volvió á ponerle en su sitio.
Su Alteza Serenísima vió que en el pedestal donde estaba colocado, había
una tarjeta con esta cifra: 240 _reales_.
«Dios mío, es un tesoro lo que valgo. Esto al menos le consuela á uno.»
Y la gente se detenía por la parte de afuera del cristal, para ver la
graciosa escultura de barro amarillo representando un vendedor de
periódicos y cerillas. Todos alababan la destreza del artista, todos se
reían observando la chusca fisonomía y la chavacana figura del gran
Migajas, mientras éste, en lo íntimo de su insensible barro, no cesaba
de exclamar con angustia:
«Muñeco, muñeco, por los siglos de los siglos!»
Enero de 1879.
JUNIO[2]
I
En el jardín.
Mayo se enojará, lo sé; pero rindiendo culto á la verdad, es preciso
decírselo en sus barbas. Sí: el imperio de las flores en nuestro clima,
no le corresponde.
¡Tunante! ¿Qué dirán de él en la otra vida las almas de aquellas
pobrecitas á quienes dejó morir de frío después de abrasarlas con
importunos calores? En cambio, Junio, si alguna vez las calienta con
demasiado celo (porque es algo brusco, llanote y toma muy á pecho sus
obligaciones), también las orea delicadamente con abanico, no con el
atronador fuelle de los vientos septentrionales; se desvive por tenerlas
en templada atmósfera, las abriga y las refresca, todo con esmerado
pulso y medida; dales savia fecunda, primorosa luz, sustento benéfico,
frescas y transparentes aguas. Hay que ver cómo derrocha este
capitalista sus tesoros, calor, luz, frescura y aire, humedad y lumbre.
Se parecería á muchos ricos de la tierra si no empleara toda su fortuna
en hacer bien.
Aquí están sus obras.
Ved los pensamientos, con sus caritas amarillas y sus caperuzas de
terciopelo. Miran á un lado y á otro, mecidos por el delicioso aliento
de la mañana, y tiemblan de gozo contemplándose tan guapos, tan
saludables, tan vividores. Los ojuelos negros de estos enanos, que, á
semejanza de los ángeles menores, no tienen sino cabeza y alas, nos
miran con picaresca malicia, y hasta parece que se ríen, los muy pillos,
cuando el viento les hace dar cabezadas unos contra otros, agitándolos
en toda la extensión de su inmensa falanje. Los hay pálidos y
linfáticos; los hay sanguíneos y mofletudos; unos se calan el gorrito
hasta las cejas; otros lo echan hacia atrás; éstos parecen calvos; de
aquéllos se diría que gastan barbas, y todos están más alegres que unas
pascuas, y en su charlar ignoto exclaman sin duda: «Compañeros, á vivir
se ha dicho. ¡Buena panzada de aire, de luz y de agua nos estamos
dando!»
Más juiciosas son esas chiquillas que llaman minutisas, pues si las han
puesto en compañía de tales granujas, saben ellas formar grupos
encantadores, ramilletes que parecen corrillos, y jugando á la rueda sin
admitir á ningún intruso, se entienden solas. Estas lindas estrellas de
la tierra, que esmaltan los jardines con su púrpura risueña, son
parientas lejanas del orgulloso clavel. ¡Nadie lo diría, porque son tan
modestas...!
Allí está. ¡Qué noblemente pliega el aromático turbante blanco y rojo de
mil rizos! Salud al califa espléndido, magnífico, soberano. La
embriagadora poesía que de él brota incita al sibaritismo, á las
ardientes pasiones. ¡Ah calaverón!... Este vicioso es tan popular, que
hasta los pobres más pobres lo crían, aunque sea en una olla rota.
Parece que hace soñar, como el opio, felicidades imposibles. Su fuerte
aroma sensual es como una visión.
No son así las rosas, que aparecen en este mes en primoroso estado de
madurez. Las de Mayo eran niñas, éstas son damas, y en sus abiertas
hojas ahuecadas, blandas, puras, tenues, hay no sé qué magistral arte
del mundo. Si Dios les concediera un soplo más de vida, uno no más,
hablarían seguramente; pero más vale que estén mudas. Una gracia
infinita, una delicadeza incomparable, una hermosura ideal, hacen de
esta flor la sonrisa de la Naturaleza. Cuando las rosas mueren, el
mundo se pone serio.
Allá lejos, encaramado sobre la tapia ó al arrimo de la antigua pared,
buscando la soledad, buscando la altura, esperando con ansia la sosegada
noche, está el galán, el poeta sentimental, el romántico jazmín, en una
palabra. Pálido y pequeño, toda su vida es alma. Le tocan, y cae del
tallo. Vive del sentimiento, ama la noche, y si los aromas fueran
música, el jazmín seria el ruiseñor.
Fijemos la vista en las gallardas peonías. No se necesitan ciertamente
anteojos para verlas, según son de abultadas y presumidas. No merecen
mis simpatías estas enfáticas señoras que todo lo gastan en trapos; y si
está fuera de duda que son bellas, ello es que antes admiran que
enamoran, y su hermosura más tiene de aparente que de real. Nada, nada;
aquí hay algo postizo: estas señoras se pintan.
Grande y vistosa es también aquélla. Saludemos á la magnolia, princesa
india que ha venido de viaje y se ha quedado en nuestro clima. No está
bien de salud la señora; pero ¡qué aristocrática, qué regia es esta
amazona! No se contenta con ser fragante y deliciosa flor, sino que
quiere ser árbol, es decir, hombre. Ved cómo cabalga en la alta rama, y
atrevida mira cara á cara al olmo corpulento, al castaño de mil flores y
al quijotesco eucaliptus.
Por el suelo rastrea muchedumbre de pajes y espoliques, alelíes,
espuelas de caballero, gentezuela menuda que vive de la adulación, á la
sombra de los grandes señores, y el bíblico lirio, vestido siempre de
Nazareno. La madreselva, arisca y melancólica por la nostalgia que la
perturba, busca el campo de donde contra su voluntad la han traído; mira
ansiosa á todos lados para orientarse; se va arrastrando por los
troncos, por las barandillas, por las escalinatas, hasta que logra tocar
con su crispada mano la cerca; sube; va trepando, trepando, y se asoma
para ver horizontes y el libre espacio y hacerse la ilusión de que es
libre. Esta flor, como muchas personas, no tiene más que manos, y son
blancas, finas, aromáticas; pero aunque contrae sus finos dedos, cual si
fuera á coger alguna cosa, jamás coge nada.
¡Paso al pueblo! La inmensa república de geranios todo lo llena. Parece
que no hay tierra bastante para estos gorros colorados que se reproducen
con facilidad maravillosa, y crecen como la plebe, duran como la
ignorancia, y resisten fríos y soles como la pobreza. Para que nada
falte, hasta los cactus, caterva de repugnantes bufones, se engalanan
con gorritos de vistosas plumas; otros se ponen gregüescos amarillos, y
algunos se encargan vestidos completos de Mefistófeles, como estudiantes
en Carnaval, y tienen el descaro de vestir con ellos sus ventrudos
cuerpos. Otros, flacos y verrugosos, siguen con las manos en los
bolsillos, riéndose de todo y agitando el bastón con borlas de
escarlata. Pero á nadie hacen gracia estas caricaturas vegetales, flores
que parecen lagartos, sapos que parecen plantas, y viven aislados, sin
sociedad, visitados tan sólo de las abejas, que á menudo vienen á
decirles un secreto al oído.
Si las violetas no hubiesen exhalado su último aroma en Mayo; si los
jacintos no estuvieran ya en el limbo de sus jóvenes cebolletas; si las
dalias, por el contrario, no durmiesen aún en el vientre de sus batatas;
si las petunias no se hallaran en estado de lactancia, y las campanillas
dando los primeros pasos; si las francesillas no hubiesen bajado también
al frío sepulcro de sus arañuelas, y las extrañas no estuvieran aún
cortando sus múltiples gasas de bailarina para presentarse en el Otoño,
el panorama floreal de Junio sería completo.
NOTA:
[2] Escribióse este artículo para la serie descriptiva de los doce meses
del año, publicada por la _Ilustración Española y Americana_ en su
_Almanaque_ de 1877.
II
En el campo.
Un monstruo, un gigante, un figurón, que parece hombre y no es más que
espantajo, bracea y gesticula en medio del campo. Es el funcionario
inamovible encargado de advertir á los gorriones que el trigo no se ha
sembrado para ellos. ¡Ah! los gorriones, lo más canalla de la creación,
la casta de pillos y rateros más desvergonzados que hay sobre la tierra.
Cuando hicieron sus nidos, se metían en las casas para robar, de los
costureros de las señoras, hilachas y trapos, de que luego, con la mayor
destreza, hacían sábanas, almohadas y edredones para sus hijuelos.
Ahora, estos graciosos bandidos andan por esos mundos ejerciendo su
depravada rapacidad en los trigos y en las hortalizas. Todo se lo comen,
todo lo pican, todo lo han de catar, como si fuese preciso que dieran su
opinión sobre cuanto Dios cría en esta época. Si al menos fueran como
las amapolas, que aunque se meten en todas partes, no toman nada... ¡Qué
hermosos están los trigos! Llovió tan á tiempo, que la espiga ha salido
robusta y cuajada de corpulentos granos. Ya se está poniendo rubio, y
como continúe el tiempo seco y tibio (pues la lluvia, por San Juan,
quita vino y no da pan) pronto se le podrá meter la hoz.
El labrador no le quita los ojos sino para mirar al cielo. Este es el
mes crítico, el mes de las esperanzas, el resumen del año, la cifra
adicional de esta larga cuenta de gastos y beneficios que doce meses
dura. El labrador está contento, y espera pagar la contribución, los
intereses del préstamo que le hizo el judío de la localidad; comprar
aperos nuevos, remendar la casa, regalarse por San Juan, y aun guardar
en el bolso tal cual pieza de á cinco duros para lo que pueda
sobrevenir.
Escarda los trigos y los garbanzos, las lechugas, las habas; aporca las
patatas, y todas las siembras de primavera. Pasa revista á los árboles
frutales, á ver cómo van cuajando. Las cerezas abundan. En cuanto á los
perales, todavía no se sabe á punto fijo lo que darán; pero esta noble
familia, que es sumamente cortés y atenta, manda en este mes, como
regalo extraordinario, unas peritas sabrosas, que aceptamos con júbilo.
San Juan las trae, las apadrina y les da su nombre. El mismo santo, al
venir con su puntualidad acostumbrada, ha traído en el morral excelentes
brevas, y es tan fino y liberal, que dice que para el año que viene
traerá lo mismo.
El labrador azufra las viñas, y después las aporca y arrodriga, dándoles
unos bastoncitos para que se apoyen y estiren sus entumecidos brazos.
Luego se ocupa en sembrar al aire libre zanahorias, perifollos,
escarolas diversas, coles de Milán rizadas, brécoles, malpicas, perejil
y otras muchas clases que constituyen la jerarquía ensaladesca, y entre
las cuales hay excelentes personas que nos acompañan á la mesa y se
dejan comer.
También atiende á una faena tan interesante como útil. Llama á las
ovejas y les dice: «Con el calor que se ha entrado, señoras, para nada
necesitáis esos gabanes de invierno.» ¡Es admirable el equipo de la
muchedumbre pecuaria! Carnero hay que ostenta un carrik con el cual se
envanecerían muchos hombres; otros llevan luengo capote ruso de
blanquísima y espesa lana.--«Venga todo eso, y al fresco,
caballeritos--añade el ganadero--que vuestro próvido sastre os vestirá
gratis el año que viene, mientras yo tengo que arreglarme con vuestra
ropa de desecho.» Suenan las tijeras y empieza la operación de descortar
gabanes, paletós y bufandas. Hasta las ovejas más enseñoradas se quedan
sin sus manteletas, y los corderillos pierden sus chaquetitas de
astracán.
En el corral aparece un día la gallina, muy satisfecha. Allá, como Dios
le da á entender, con sus cacareos sonoros, le dice al amo que ya tiene
_veinte criados más que le sirvan_. Y es buena casta de chicuelos: no
será preciso ponerles ama de cría, que ya saben ellos buscarse la vida.
Con el cuerpecillo cubierto de pelos y algo de cascarón adherido aún á
semejante parte, corren alrededor de su madre, asombrados de todo: del
cielo, de la luz, del aire, dándose el parabién por haber sabido escapar
de aquel lóbrego huevo donde los tenían encerrados contra toda justicia
y razón. Los patitos ven un charco, sienten bullir en su mente el genio
de Colón, y zás... al agua. Cuando regresan, la gallina les echa una
reprimenda por su osadía; pero son tan mal criados, que al poco rato
vuelven á hacer lo mismo.
Los pavos grandecitos se ponen las corbatas rojas y la monterilla, y se
van al campo en manadas, sin juntarse con nadie más que con los de la
familia, porque estos fatuos son muy linajudos, y andan á compás,
gravemente, pronunciando palabrotas huecas y aun echando unos
discursazos, como los de ciertos oradores, llenos de apóstrofes y
epifonemas, pero sin pizca de sentido.
Allá en el monte, entre las negras encinas y los tomillos, una escena
lamentable ocurre. Millares de señoras enfurecidas zumban y pican,
defendiendo el fruto de su maravillosa industria. Son las más diestras y
más pulcras fabricantes de mermeladas, almíbares y caramelos que hay en
la creación, y es por demás lastimoso que de la riquísima confitería con
tanto afán y labor tan prolija formada en largos días, venga á
incautarse un zafio ganapán, que con sus manos lavadas (ó sucias) se
apropia el delicioso néctar. Y no trate de disculparse el desvergonzado
gorrón diciendo que con la miel va á hacer medicinas, y con la cera
velas para los santos... «Aquí no se admiten subterfugios. Atrás, pillo,
ladrón, descamisado, demagogo. Pero todo es inútil. Se lleva, se lleva
nuestra cosecha, nuestro bienestar, nuestra riqueza. Pobres hermanas
arruinadas, ¿qué haremos para recobrar la perdida colmena?» Empezar
otra.
Más allá.... Pero no: ya no se oye aquel persistente chasquido de hojas
magulladas; ya no percibimos el rumor de los voraces dientes.
¡Silencio!... Industriales de la tierra, fabricantes, obreros,
tejedores, artífices, todo el mundo de rodillas. El gusano de seda ha
empezado su capullo.
III
En la cocina.
Como los prados están tan apetitosos para los ganados, la carne de este
mes es la mejor del año. La vaca y el carnero hacen honor á su alto
renombre.
Todavía hay fresa abundante, y las cerezas entran enredadas unas en
otras, porque no les gusta ir solas; que bien se conoce su cortedad de
genio en el vivo rubor que enciende sus mejillas. Las uvas y melones no
vienen aún; pero Toledo nos manda sabrosos albaricoques.
Los guisantes, los rabanitos y las alcachofas se presentan en la plaza
todos los días, acompañados de algún espárrago tardío, que pide mil
perdones por no haber venido antes.
Los pollos nuevos, que hasta ahora no servían más que para guisados,
entran, y con mucha urbanidad nos piden que los asemos con setas.
Galantemente recomiendan, previa presentación, á sus primos los patitos
y á sus parientes las palomas silvestres.
Un caballero, un prócer, un lord, aparece, sombrero en mano, suplicando
que lo metan de una vez en la cazuela, sin olvidarse de advertir que
aquélla ha de ser grande. Es talludo y obeso; viste impermeable blanco,
y su rosada piel indica que tenemos en casa á un caballero inglés. Es el
señor de Salmón. ¡Adelante!
Tras él aparecen, pidiendo fuego y aceite y aromáticas especias, los
primeros lenguados, y traen afectuosos recaditos de las ostras, que no
pueden venir mientras los meses carezcan de _r_; y también asoman
algunos rodaballos y menudos pajeles.
¿Quién más llega? La señora anguila, que viene en embajada de parte del
agua dulce... ¡Adelante!
IV
En la religión.
Por más prisa que se da el pobrecito, no puede llegar hasta el día 13.
Viene jadeante, fatigado, los desnudos pies llenos de sangre por los
picotazos de las zarzas. En el camino ha estado predicando á las aves y
á los peces, y por eso no ha podido venir más pronto. Además, trae gran
pesadumbre sobre sus manos, que sustentan un libro, y sobre el libro un
divino Niño, que es el Redentor del mundo. Trae también una vara de
azucenas.
Su humilde hábito franciscano está lleno de remiendos, señal inequívoca
de pobreza. Es su semblante juvenil, pálido, ardoroso, calenturiento,
porque la devoción le inflama, y sublime, místico amor le espiritualiza.
Tiénele preocupado y melancólico el sinnúmero de matrimonios que le
piden y que no puede dar, así como el mal éxito de los que concedió
generosamente el año pasado. Prepárase á recibir cantidad mediana de
solicitudes pidiendo novios y no pocas demandas de buenas novias. ¡Ay!
él es tan bueno que está dispuesto á darlas, y las daría si las hubiera.
¡Salve, santo de la juventud, de la inocencia, de los tiernos amores,
de las esperanzas risueñas! ¡Salve, adorno preciosísimo de los ciclos
celestiales, joven sublime, gran soldado de Cristo, apóstol de la
humanidad, amor del pobre, huésped cariñoso de las moradas modestas!
¡Salve, encarnación de la fe sencilla, de las creencias puras á que
debieron paz y consuelo las edades todas! Al poner tu descalzo pie en el
rústico altar del pobre, parece que las lóbregas estancias se llenan de
celeste luz. Rosadas nubes te circundan, y de tus azucenas se desprenden
finísimos aromas que embelesan el alma, dándole á conocer el puro
ambiente que en la mansión de los justos se respira.
Recibe las piadosas ofrendas del pobre; acepta el fulgor de esas luces
de aceite, que palidecen entre los torrentes de claridad divina que
traes contigo, y presta oídos á los ruegos, á las recomendaciones y
solicitudes hechas con limpio corazón.
En algunos pueblos son tan impíos, tan ingratos los labradores (esto lo
he visto), que cuando San Antonio no accede al suministro de novios, le
vuelven de espaldas en el altar, poniéndole con la cara hacia la pared,
y sé que una doncella desesperada le metió en el pozo atándole una
cuerda al cuello; pero estas excepciones irreverentes y sacrílegas no
merman en general la devoción y popularidad del santo paduano, ideal
figura del catolicismo, y uno de los seres más perfectos y menos
imitados, mientras anduvo en carne mortal por la tierra.
Tras él viene otro no menos grande. Se ha detenido administrando el
primer Sacramento; pero ya está ahí: sólo que no gusta de entrar hasta
el día 24, y ni un solo año ha faltado á la costumbre. Recíbele, como á
San Antonio, la hueste frescachona de albahacas, unas plantas humildes,
olorosas, con olor de huerto más que de jardín, y muy frescas y
diminutas. Las hay como avellanas, en tiestecitos del tamaño de
almendras.
Acompáñanle ciertos heraldos que se llaman las rosquillas de la tía
Javiera, y á su paso, el suelo está empedrado de buñuelos. Blanquecinas
hojas del árbol del Paraíso embalsaman la atmósfera en torno suyo. Todas
las flores de la estación salen á relucir sus lindas personas en
graciosos grupos que se llaman ramos. Matas diversas adornan las casas,
y los altares parece que reverdecen y se cubren de vegetación. En las
calles, en los campos, en el cerro, en la cabaña, en el monte, no se
encuentra un medio bastante expresivo para declarar la alegría que
inunda el mundo, y en vez de poner flores, encienden hogueras. Rosas y
llamas saludan al enviado de Dios.
Inefable contento llena los pueblos; lo que no es extraño, porque todo
el mundo se llama Juan. La madrugada del 24 es la más poética de las
365 que hay en el año. No amanece, no, como en los demás días. Hay
playas donde aparecen fantásticas ciudades. El sol no se presenta sobre
el horizonte con la circunspección que parece inherente á sujeto de
tanto peso y calidad, no. Su Majestad entra bailando, haciendo graciosas
cabriolas y volteretas, cual si hubiera perdido el juicio ó empinado el
codo. En las puertas de todas las casas, pucheros, palanganas, barreños
llenos de agua reflejan las locuras del Rey de los astros, y los dibujos
que la juguetona luz hace en el líquido espejo son representaciones más
ó menos claras del destino individual.
El rocío de esta madrugada tiene una misión tan singular como
interesante: sirve para conservar la belleza, y hasta las feas se lavan
en él, seguras de hermosear durante el año.