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José Amador de los Ríos.

Historia crítica de la literatura espanola (Volume 2)

. (page 2 of 64)
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tambien al otro lado de los Pirineos las armas musulmanas; cuan-
do recibieron, por ultimo, la nueva de que los Califas confirma-
ban los asientos y capitulaciones, concedidos por sus generates a
las ciiidades de la Peninsula, perdida ya la ultima esperanza de
salvacion, comprendieron todala magnitud delinfortunioque sobre
ellos pesaba, condenados a tan largo como enojoso cautivorio ' .

turn)) (Id., cap. XXIV). R. Dozy, cuya Hlstoria de los Musulmanes de Espana
llcga a nosotros al imprimir cstos capitulos, admile sin conlradiccion cstos
hcchos y les atribuye la influencia dcbida (tomo II, cap. II). Rcspccto del re.
sultado que produce en los espafioles cl iudiscroto comportamiento dc los
hebreos, puede consultarse cuanto observanios en cl Ensayo I de nueslrns Es-
tiidios histuricos, polilicos y lilerarios sobre los jitdios de Expand.

\ Convenienle juzgamos advcrtir, y ya qucda indicado, quo ui r\ niisino



\0 HISTOIUA CRlTICA DE LA LITER ATUKA ESPASOLA.

En efeclo: los dcscendientes del falso profeta, que habian suje-
lado al carro de sus victorias la mitad del mundo, tenian resuelto
iiiriquecer sus dominios con las celebradas tierras de Anddlus *,

Muza-ben-Nosayr, ni el conde don Julian, ni los hijos de Witiza sospecharon
siquiera quepudicse ser facil laconquista del imperio de Ataulfo. Los magna-
tes visigodos solo pensaron en vengarse de don Rodrigo, a quica veian como
usilrpador: Muza, lleno de desconfianza y ajeno del proyecto que por lo co-
mun se le atribuye, tcmia provocar el enojo de reyes tan podcrosos, limitan-
dose una y otra vez a simples expediciones. De los hijos de Witiza dice el ar-
zobispo don Rodrigo, narrado su proyecto de traicion, el cual no pasaba de
apodcrarse del reino, muertoel hijo de Teodoredo: Non enim crcdebant quod
possent, vel vellent arabes patriam rctinere (Lib. Ill, cap. XIX). Importa
pues notar, para comprender como es posible tan inverosimil catastrofe, que
hundido en la corrupcion, que en el anterior voliimen bosquejamos, y per-
dido el antiguo esfuerzo de sus fundadores, no podia ya el imperio visigodo
con su propio peso, y vino a tierra al primer empuje de sus enemigos. Lo in-
esperado de la invasion y la rapidez de la conquista la presentaban como efi-
mera y pasajera; y solo al cxcitar la codicia de los Califas orientales con sus
inauditas riquezas, pudo temer Espana la perdida de su libertad y la servi-
dumbre de sus hijos.

i Comun opinion ha sido, aun entre los mas doctos, tracr el nombre de
Andalucia de los Ydndalos, formando la palabra Vandalosia y de esta aquella.
Asi lo crcycrou el arzobispo don Rodrigo (Hist. Wand., cap. XXII), Rodri-
go Sanchez de Arevalo (Hist. Hisp., I. a pjxrte, cap. VII), Antonio de Nebrija
(In praef. Decad.), Ambrosio de Morales (Cronica gen., lib. XI, cap. XIII),
Mariana (Hist, general, lib. I, cap. IV), y con ellos los cxtranjeros Volfango
Lazio, Grocio, y olros no mcnos celebrados por su erudicion en la republica
de las letras; y asi lo indica tambicn en nucstros dias el ya citado R. Dozy,
estableciendo sin embargo comocierto que nacido aqucl nombre entre los mu-
bulmanes, debc buscarse en sus historiadores la razon dc su exislencia. Ha-
bicndo pasado al Africa los vandalos por la anligua Traducta, segun exprcsa
Gregorio Turoncnsc, tomo aquella peninsula el nombre dc Anddliis, quo con-
servado hasla cl dcscmbarco de Tarif, dio motivo a que se aplicase esle nom-
bre a toda Espafia. D'>zy acota con El-Razi, Bayan Almoghreb, y cl autor del
Ajbar Machmua, todos escritores arabes (Reclierches sur riiistoire polilique et
litteratre d'Espagne, scgunda cd., pags. 310 y 311). Muy rcspetable nos pa-
rcce la opinion de eslc orienlalisla; mas tcniendo en cucnta que todos los es-
critores coclancos a la invasion y a la permanencia dc los vandalos en las re-
giones mcridionales dc Espana, dan a estas constanlcmenlc el nombre AcBeli-
c, y no hallandosc ni en los coucilios ni en las leyes dc los visigodosmcncion
alguna dc aquella pcrcgrina denominacion, que tampoco sc cncucnlra en el
iso, lostijjo dc visla dc la invasion muslimica, no parcccra capiicliosa la



I'ARTE I, CAP. XI. ESCIUTORES DE LA INVASION MAHOMETANA. \\

consideradas por ellos como las puertas de Europa; y no olvi-
dando el precepto del Koram, que ordenaba la gucrra santa,
creian llegado el momento de someter a su Imperio la otra mitad
del Universo. ccllaced guerra (decia Mahoma) a cuantos no crean
en Dios, ni en el ultimo dia; a cuantos no consideren como ve-
dado lo que Dios y su aptistol les ha prohibido, y a cuantos no
profesen la verdadera religion entre los hombres de las Escritu-
wras. Hacedles guerra hasta que paguen el tribute con sus pro-
pias manos y scan enteramente sometidos *. Impulsados por
;sle mandamiento, en que so condenaba igualmente a los id61a-
ras, a los judios y a los cristianos, habian pues sojuzgado los
.'alifas todos los pueblos, adonde enviaron sus banderas, exten-
(icndo el dominio de su religion con el dominio de su espada.
Mas la misma rapidez de las conquistas, que en menos de uu
iglo habian acometido y consumado, llegaba a desnaturalizar
.quella temible propaganda: faltando brazos para realizar tan
,randes empresas y tiempo para que los pueblos dominados ac9p-
aran la religion de Mahoma, vi6ronse los mismos Califas forza-
Jos a componer sus ej6rcitos de hombres de todas creencias, tem-
v>lado ya el primer vertigo del fanatisrno, y un tan to sobrepuesta
.a dominacion politica a la dominacion religiosa. Esto, que habia
sucedido en el Asia cristiana, donde hal!6 el Islam mayor resis-

duda que sobrc cl particular abrigamos, resistiendosc a nucstra razon cl quo
solo sc conservara para conocimicnto de los arabes el indicado nombrc y con
cl la tradicion de los vandalos, olvidados mas hacia de trcscienlos afios. Mas
natural sc ofrcce (y este diclamen sigucn notables arabistas) que el nombrc dc

Andalucia sc tomara de la voz arabiga And d los 6 Anddlus, ~JjjjM, con

que sc dice designaron los mahomctanos las licrras occidcnlalcs del contiucnlc
curopeo, cuya parte postrema era Espaiia, que recibio en su tolalidad cl indi-
cado nombrc. (Vc'ase el Xerif-al-Edrisi, apellidado cl Nubicnsc, Description dc
h.tpana, climas IV y V, I. a Partc, y las Historias de Al-Anddlus por Abou-
Adhari, Dcscripcion dc Al-Andalus y sus antigiicdades, ad inil.). Rcducido cl
dominio sarraceno a la Betica, hubo dc fij.irse por ultimo en clla esta dcno-
minacion, vulgar ya en tiempo del arzobispo don Rodrigo. A esta opinion sc
inclinaron don Nicolas Antonio en el sigloXVII.y cl Maestro Florcz y cl eru-
dito Casiri en el pasado (Expand Sagntda, tomo IX, trat XX\ T III, cap. IV;
Bibl. Vetus; Bibl. Arabico Htsp.)
i Sura IX, vcrs. 2.



12 HISTORIA CRtTICA DE LA LITERATURA ESPASOLA.

tencia que los alfanges agarenos, se reproducia con grandes cro-
ces en el Africa, tierra fecundada con la sangre de los marli-
res de Cristo y alumbrada por la doctrina de los Tertulianos y.
Agustinos. Caando avasallado el Egipto, cayeron las huestes
niahometanas sobre aquel extendido continente, para arrebatar al
Imperio bizantino una de las mas preciadas joyas de su insegura
tliadcma, y a la monarquia visigoda una de sus mas f6rtiles pro-
vincias *, no solaraente era profesado el cristianismo en las popu-
losas ciudades dominadas por los griegos y los godos, sino que
penetrando mas alia del Atlas, luchaba contra la idolatria y el ju-
daismo, desvaneciendo al par las supersticiones de los adoradore?
del fuego y de los astros. Los amires del Africa, que recorrieron
victoriosos desde las fronteras de Egipto al Estrecho de H6rcules
y desde las playas del Mediterraneo a las regiones etitipicas, si
lograron no sin dificultad eciiar sobre la cerviz de tantos pueblos
el yugo de los Califas, no pudieron imponerles en un solo dia la
mentida f6 de Mahoma, como que siendo imposible desarraigar las
creencias por tantos siglos abrigadas, se hubieran estrellado to-
dos sus esfuerzos en aquella temeraria empresa, aventurando sin
duda el fruto de sus victorias * .

A.sf, aunque eran emprendidas todas las guerras en nornbro
del principio religioso, consignado en el Koram; aunque los que
se tenian por verdaderos creyentes clamaran con el entusiasmo de,



\ Scfialando cl arzobispo don Rodrigo la extension de la destruida monar-
quia de Recaredo, escribia respecto de las posesiones visigodas del lado alia
del Estrecho: Et in Africa et una provincia decem civilatum, quacTingitania
dicnbalur, ad gothorum dominium pcrtinebat (Lib. Ill, cap. XX). Esta pro-
vincia se extcndia dc mar a mar y era la antigua donacion hccha por el cm-
perador Olhon, como en su lugar manifcstamos con Tacito (tomo I, cap. I,
pagina 27).

2 No deb-; olvidarsc quo la posesion de Africa costo a los seclarios de
Mahoma cinco cxpcdicioncs, habiendose mencster el espacio dc scscnta y
siete afios para domeiiar las tribus quo tenian su asiento en las vertienlcs del
Atlas. Muza, ultimo dc los amires quo dieron cima a esta conquista, despues
de habcr empleado el terror, logro alraerlos a su-dominio, halagando sus an-
ti^'uas supcrsticioncs de raza y aun afectando sus costumbres (Veasc sobre
ffclo punlo el cap. II del tomo II de la Hixloria dc Espana de Mr. Rossccuw
'!< Saint-Hilaire).



PARTE I, CAP. XI. ESCIUTOUES DE LA INVASION MAHOMETANA. !.'{

los primeros dias del islamismo \elcombatel \elcombatel \elpa-
raisul \el paraisol, ui se ejecutaban ya los grandes proyectos
militares de los Califas con la intolerancia religiosa de los que re-
cibicron de Mahoma el legado de extender su falsa prcdicacion
por medio del hierro, ni hubiera sido tampoco realizable, sin tro-
car el curso natural de las cosas, que ej6rcitos compuestos en su
mayor parte de hombres que abrigaban creencias religiosas con-
trarias al mismo Koram, aparecieran cual facil y adecuado ins-
trumento del fanatismo musulman, caracter distintivo de la pri-
mitiva propaganda.

Esta inevitable declinacion del fanatismo, que parecia preludiar
en cierto raodo la ulterior separacion del elemento politico y del
olemento religiose, habia pues dado un caracter humano a las
conquistas de los arabes, quienes fijando la vista en las riquezas
materiales de las naciones, pensaron mas bien en su despojo que
en redimirlas del error en que las suponian. Tal habia acontecido
en Africa, y no otra cosa sucede respecto de las Espanas: cuando
la venganza 6 la perfidia abrieron a las armas mahometanas el
Estrecho de Hercules, no solamente era muy reducido el numero
do los arabes que pasaron a las costas de la Betica l , sino que
cl grueso de los ejercitos de Tariq y de Muza distaba mucho de
profesar el culto de Mahoma. Allegados de multitud de gentes,
rontabanse al propio tiempo en sus filas las reliquias de los wan-
dalos y los bizantinos, los presidios de las ciudades visigodas del
liloral tingitano, los id6Iatras berberiscos de las vertientes del
Atlas y los gentiles que habian sobrevivido a los sacudimientos
del antiguo mundo; filiandose tambien bajo sus banderas, ganosos
de mejor fortuna, los descendientes de Judah, arrojados a aque-



{ Dando cucnta Aben-Jaldon dc las falanges dc que Tariq era caudillo,
escribe: Tariq-ben-Zeyad recibio de Muza el mando de Tanja, donde sc ins-
tal6 con doce mil berberies (africanos) y vcinlisiete arabes, encargados dc
enscfiar a aqucllos neofilos el Koram y la ley. Estos debieron ser los pri-
meros arabes que pasaron cl Estrecho. No puede decirse lo mismo de las fa-
langes de Muza; y sin embargo cs licito asegurar que era por extrcmo rcdu-
cido cl numero de los arabes que.se conlaron cntre los dicz y ocho mil com-
haticnlcs que Irajo it Espana en 712.



14 HISTORIA CRlTICA DE LA LITERATURA ESPASOLA.

Has costas por la espada de Tito l . Hombres de tan contraries orf-
genes ydistintas religiones fucroffpues los que derrocaron en tan
breve te"rmino y con ocasion tan liviana el trono visigodo -: ni los
traia contra Espana el fanatico ardor de la creencia musulmana ni ,
apegados naturalmente a las que ellos recibieron de sus padres,
hubieran consentido, sin propia exposicion, en arrancar de nues-
tro suelo el labaro de Constantino, abrazado por Recaredo y re-
verenciado por la nacion entera. Arraigado profundamente en
esta el catolicismo, tampoco hubieran cometido los amires del
Africa la punible torpeza de comprometer a sabiendas el fruto de
sus victorias, deslustrando asi a los ojos de los Califas sus niere-
cimientos en la conquista de la envidiada Anddlus, que parecia
compendiar todas las grandezas y maravillas de la tierra. No fue,
no pudo ser por tanto el espiritu de la primitiva propaganda el
que animaba a las falanges de Tariq, de Muza y de Abda-1-aziz,
al someter al poderio de Damasco la Espana de Rodrigo : su con-
quista, perdido ya el caracter religioso de aquellas grandes em-
presas, que habian llenado de consternacion al mundo cristiano,



1 Vease el cap. I de nuestros Estudios historicos, polfticos y literarios so-
bre. lotjudios de Espafia, Ensayo I. Respecto dc los demas pueblos que traje-
ron los arabes a Espana, conviene advertir que no solamente los ya mencio-
nados, a que se deben afiadir los sirios, egipcios y persas, que scguian sus
banderas, sino tambien crecido numero de gcrmanos y eslavos caulivos, pa-
ganos del nortc, y hasla cristianos de Italia y de las costas adriaticas aumcn-
taban sus formidables falanges (Saint-Hilaire, Hist, de Espana, lib. Ill, capi-
tulo II). Esta contradictoria variedad de razas no podia ser prenda de unidad
en la conquista, ni aun siquicra garanlia de orden en la posesion del territo-
rio, como adelante advertiremos.

2 El diligente Garibay, aunque dcsprovisto de los estudios realizados en
los ultimos tiempos, decia al narrar la conquista: Mas quiero advertir a
los lectores que no es verosimil, ni yo tengo por cosa verdadcra, que cstas
gentes llamadas morot, que de Africa pasaban a Espana, eran todas ellas sc-
guidoras de lasccta de Mahoma, sino siibditos y vasallos de los reyesmaho-
))metano8 (Comp. hitt., lib. VIII, cap. I). Vease pues como ha bastado el
buen sentido para comprcnder que no pudo llevarse a cabo la conquista dc
Espana, sino con los medios posibles en lo humano; de dondc debian deri-
varse las condiciones naturales dc su rcalizacion en lo social, lo politico y lo



rioso.



PARTE I, CAP. XI. ESCRITORES DE LA INVASION MAHOMETAISA. 15

quedd, a pesar del precepto del Koram y del ardiente fanatismo
de los primeros Califas, reducida a la simple adquisicion del tcr-
ritorio, donde solo era posible establecer con aquellos medios una
dominacion material y politica.

Tales son pues los fundamentos histtiricos de la conquista maho-
metana y las razones que explican la conducta de los sectarios de
Mahoma, al asentar su planta en el suelo de la Peninsula IbeYica,
por mas que se haya hecho moda en nuestros dias el admirar y
encomiar su tolerancia, para exagerar ciegamente su cultura. Al
conceder a los espanoles el ejercicio de su religion, dejandoles
una sombra de libertad en la administracion interior de los mu-
nicipios, cedian los amires al torrente de las circunstancias en
que se hallaron al emprender la conquista, y al peso incontrasta-
ble de las condiciones con que podian asegurarla. Reservandose
el imperio de las armas y el gobierno supremo de la republica,
sujetaron a su dominio la poblacion cristiana, que halagando
fuerza de sacrificios pecuniarios las miras interesadas de los ven-
cedores, no repard en empobrecerse, con tal de conservar la f6
de sus abuelos y el ejercicio por extremo restringido del culto
cattilico *. Como al caer sobre Espana los barbaros del Norte, de
cuya ferocidad triunfaron los visigodos, se habia salvado la Igle-
sia del contagio del arrianismo, asi en mitad de aquella pertur-
bacion que habia quebrantado los fundamentos de la sociedad,
lograba tambien salvar por de pronto el dep6sito que le estaba
encomendado, perseverando la organizacion del sacerdocio y de
la liturgia en la misma forma ordenada por los concilios de To-
ledo*. Bajo estas condiciones, que debian ser alteradas por los



1 Adelante volveremos a tocar mas latamente cstc punto: por ahora nos
cumple sin embargo afiadir que en Cordoba, asiento de los amires y silla dos-
pues del Califato, solo vino a quedar a los cristianos, con mengua de las ca-
pitulaciones, una iglesia, siendo destruidas todas las restantes. Era aquella la
catedral, consagrada bajo la advocacion del martir San Vicente; pcro no tar-
daron mucho en ser despojados primero dc la mitad y luego del todo de nquel
templo querido, que se converlia, como otrosmuchos, en mezquita. En cam-
bio lograban que se les permitiese reedificar algunas de las basilicas dostrui-
das, bien que no sin el pcligro que en su lugar veremos.

2 Se ha crcido y afirmado por muchos escritores nacionalos, oxngcrando



16 HISTORIA CRlllCA DE LA LITERATURA ESPA^OLA.

extraordinarios sacudimientos de la anarquia, que devora en bre-
ve ft los conquistadores, y por el excesivo ardor religiose de Jos
cristianos, pareci6 consolidate la obra de Tariq y de Muza, ol-
vidado ya el estrago de los combates y desvaneoida toda espe-
ranza de salvacion abrigada por los espanoles.

Mas no era igual la suerte que alcanzaba ft los cristianos, for-
zados ft sufrir el yugo de los amires: mientras que lloraban en
dura esclavitud aquellos desafortunados guerreros, ft quienes el
furor de los vencedores perdonaba la vida en el trance de las ba-
tallas *, recibian los titulos de prolegidos y confederacies los que
se sometian voluntariamente 6 capitulaban en sus ciudades y for-



las palabras del arzobispo de Toledo arriba trascritas (pag. 7, nota 2), que
dcsde la invasion mahometana no quedaron en Espana ni obispos ni santua-
rios. A desvanecer este error acudio ya con notable copia de docuraentos el
docto Florez en varies pasajes de la Espana Sagrada, y mas de proposito en
el tomo V, trat. V, cap. V, dondc con la autoridad de irrecusables documen-
tos y cl testimonio de Elipando, San Eulogio, Alvaro Cordobes, Samson y
otros escritores coetaneos, demostro la vcrdad del hecho que aseveramos en
el texto. De notar es no obstante (y en este punto no reparo Florez) que por
ofecto de aquella misma organizacion vino a quedar la Iglesia sometida a do-
lorosa servidumbre. Propio derecho de los reyes habia sido en la monarquia
visigoda la convocatoria de los concilios y la aprobacion de los obispos (Con-
cilio XII, can. VI y otros): reservado este derecho primero por los amires, re-
presentantcs de los Califas de Oriente, y despues por los Califas de Cordoba,
era un verdadero elemento de opresion, que producia con, el tiempo los mas
afrcntosos resultados. De ello nos dara tristes ejemplos cl capitulo siguientc,
pudicndo desde luego asegurarse quo si las capitulaciones mahometanas de-
jaron alguna libertad al culto, avasallaron vergonzosamente a la Iglesia Ca-
tolica *.

i Expand Sagrada, tomo V, trat. V, cap. V, pag. 307.



Largos afios despues de tcrminados cslos estudios, llega a nuestrasmanos
la Historia de los Musulmanes, dada a luz por 11. Dozy (1861): este escritor,
nada i-ospechoso tocante a los cristianos, segun despues vcrcmos, dice res-
peclo del punto aqui tratado lo siguicnte: E1 cullo era ;libre, pero la Iglesia
no lo erau (tomo II, pag. 16), rcconocicndo y ponicndo de relieve la dura y
vergonzosa scrvidumbrc, a que se la sujetaba, como resultado del derecho
conscrvado por los Califas cri orden a los concilios y a los obispos. No olvi-
demos las onsccuencias de oste hccho, capital en la hisloria dc los mozarabos.



PARTE I, CAP. XI. ESCRITORES DE LA INVASION MAHOMETA1SA. 1*7

talezas *. Eran los primeros conducidos en gran numero a la c6rto
do los Califas, como trofeo do las victorias logradas sobre los es-
panoles, y condenados por tanto a expiar en tierra extrana su es-
fuerzo y patriotismo 2 : los segundos, que formaban la parte prin-
cipal de la poblacion cristiana, conservaron en cambio sus pro-
piedades, bien que gravadas sucesivamente de excesivos tributos,
llevando mas adelante el nombre de mozdrabes, con que los reco-
noce la historia 3 .

A. estos pobladores cristianos, que se ostentan en mitad de los
musiimes, cual unicos depositarios de las tradiciones de la monar-
quia visigoda, se dirigen todas las miradas del historiador y del
filo'sofo, al contemplar la gran catastrofe de aquel renombrado
Imperio. Profanados 6 destruidos los principales templos del cato-
licismo, que ya fueron convertidos en mezquitas, ya prestaron sus



1 Los arabes daban, con efecto, el nombre de adzimma [iL/ jjl] y moaltid
f ,XLx/l a los cristianos que en virtud de las capitulaciones rcconocieron su



seiiorio: tambien los apcllidaban etches f^ 6 ] infieles; agemies f
barbaros, ramies [~ -Jn romanos y kuttes [ JbyOn godos, danJo a co-

nocer de csta manera el diferente orfgen de una y otra raza. Debe adverlirse
que el lilulo de romanos fue aplicado dcsde luego a los cristianos indepen-
dienles.

2 Ya va indicado arriba: cuando Muza fue llamado a Damasco por el Ca-
lifa, dcinas de los inmcnsos tesoros que habia sacado de Espaiia, llevo con-
sigo trciuta mil caulivos crislianos, segun afirman los mas autorizados histo-
riadores arabes, contandose entre ellos cuatrocientos godos de la primera no-
bleza, los cualcs aparecicron en lacorte de los Califas lujosamente ataviadosy
ornadas las siencs con riquisimas coronas de oro. Este cjcmplo de Muza, que
recuerda las fastuosas ovaciones dc los consules y empcradores romanos, no
carccio de imitaciones, por desdicha de los espanoles que aun osaron rcsistir
el impetu de la morisma.

3 Mucho se ha disputado para fijar el origen de la palabra mozdrabe 6
muzdrabe: los latinistas ban crcido que se componia de las voces mixtus y
arabs, dc donde salia mixti-arabes, y de aqui mozdrabes, dcsignando as
cierta mczcla de arabes y cristianos que rechaza la ortodoxia de estos inora-
dores: los orientalistas la tracn del parlicipio mostarab [^_sj*-. i.u^.j] , deter-

minando la manera dc vasallaje que los cristianos rcconocian bajo la domi-
nacion musulmana. La voz mostarabe significa arabizado.

TOMO II. 2



18 HISTORIA CRlTICA DE LA LITEUATURA ESPAINOLA.

despedazadas reliquias para erigir otras nuevas *; reducidas al in-
terior de las iglesias las ceremonias del culto, quo debian tam-
bien celebrarse a pucrtas cerradas; y prohibida por ultimo toda
procesion religiosa 6 publica muestra de cristianismo 2 , revelan

1 La historia de las artes es sin duda una de las mas claras fuentes, adon-
de neccsita acudir el vcrdadero investigador para comprobar a menudo los
hechos que se consuman en las esferas sociales y politicas. Examinadas las
primitivas mezquitas debidas a la dominacion m'ahomclana, que han llega-
do felizmente a nuestros dias, descubrimos en cllas no solamenle la forma ge-
neral de las basilicas cristianas que prcceden a la invasion, sino tambien los
capitelcs, basas, columnas, frisos y demas ornamentos que las cnriquecieron,
conforme nos habia enscfiado el docto Isidoro. Guiados por cste cstudio, rea-
lizado en nuestra Toledo Pintoresca, y ampliado al clasificar el Arte mudejar
(Discurso leido ante la Real Academia de San Fernando, 18b'9) e ilustra la his-
toria del Arte latino-biz-antino en Espana (Mem. de la Real Academia cilada,
i861), nos es posible comprender de una parte el estrago causado por los in-
vasores en la Peninsula, y de otra la influencia que el arte cristiano, dcriva-
cion indubitable del antiguo, ejerce en los mahometanos que dominan nues-
tro suelo, desde los primeros dias de la conquista. La Espana visigoda (de-
ciamos) alesoraba grandiosos monuincntos de la civilizacion romana; la
Republica y el Imperio la habian enriquecido a porfia con suntuosas cons-
wtrusciones; Cordoba, Merida, Sevilla, Italica, Zaragoza y Toledo se engala-
naban todavia con sus magnificos anfiteatros y sus circos, con sus alcazares
y pretorios, con sus regaladas termas y soberbios arcos de triunfo; Segovia
y Tarragona, Evora y Braga ostcntaban los magnificos templos y los gigan-
tescos acueductos que desafian aun la safia de los siglos; el Tajo y el Anas,
cl Betis y el Ebro veian domada su corriente bajo el peso de inmensas y ro-
bustas fabricas, destinadas por la arrogancia de sus autorcs a permanecer
Henhieslas in saecula mundi. Todo pregonaba a vista de los conquistadores la
grandeza y majestad de Roma, heredada y aun cxagorada con el egemplo de
Bizancio por los reycs visigodos; todo vino a herir al par su imaginacion
lozana y juvcnil, naciendo en su pecho el vago anhclo de unir aquellos nue-
vos tesoros (romano-latino-bizantinos) a los ya recogidos en sus pcregrina-
ciones triunfalos del Orientc (Discurso sobre el arte y eslilo mudejar, pagi-


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